Por Claudio Lomnitz
La legalización de la mariguana en los estados de Washington
y Colorado es una gran noticia, y más todavía si se le ve a partir una
apreciación del sentido histórico de las elecciones pasadas en Estados Unidos.
El analista político deThe New York Times Thomas Edsall, tras un
análisis cuidadoso de tendencias electorales de largo plazo, llega a una
conclusión lapidaria: los republicanos han perdido las guerras
culturales (culture wars), debido a cambios paulatinos pero
consistentes en torno de un abanico de temas, que van desde la aprobación de la
igualdad para la mujer, la protección de los derechos reproductivos, la
aceptación de las parejas homosexuales, hasta la legalización (o cuando menos
la medicalización) de la mariguana. Esta derrota ideológica –amplísima– importa
porque refleja tendencias electorales que se vienen consolidando desde hace 20
años, y que sólo tenderán a fortalecerse, según se siga aumentando el voto
latino y el voto femenino.
Más allá de actitudes cambiantes en cuestión de moral
pública, en el tema específico de la mariguana, los estados de esa nación
tendrán importantes alicientes económicos en pro de la legalización. The
Huffington Post calcula que si Estados Unidos legalizara la mariguana, se ahorraría arriba de 13
mil millones de dólares anuales, incluidos mil millones tan sólo en gastos
carcelarios. Esto, en un contexto en que hay estados de la federación
estadunidense que están ahogados en deudas, como California, y que tienen sus
cárceles rebosando de presos condenados por posesión o distribución de
mariguana. En el caso específico de California, el Partido Demócrata acaba de
ganar por primera vez una supermayoría en el Congreso (es decir, posibilidad de
pasar leyes sin aliados del Partido Republicano), no es demasiado remoto que California
siga los pasos de Washington y Colorado, por simple lógica fiscal.
México
debe responder a estas nuevas moviéndose rápidamente a la legalización,
imitando punto por punto la ley del estado de Washington (que prohíbe el
consumo a menores, y que prohíbe conducir automóviles bajo influencia de la
mariguana). Ojalá que haya algún partido político que se lance a presentar un
proyecto de ley en el Congreso, y que los gobiernos progresistas del país,
comenzando por el Distrito Federal, se muevan en el mismo sentido, cuanto antes
mejor.
Además de los beneficios a escala de política social –y como
un primer paso hacia concluir la guerra del narco– habría que
pensar que México tiene un lugar privilegiado en el imaginario de la mariguana,
que tendría que aprovechar económicamente. Cabría, incluso explorar
eventualmente si México no podría reclamar apelación de origen para
la mariguana comercial, y que la mota de los estados de Washington o Colorado
tuviera que llamarse de otro modo (weed, por ejemplo), y que la
auténtica mariguana sea la que se siembra en México, con despliegue de
técnicas, usos y costumbres locales.
Además de los beneficios económicos, políticos y sociales de
la legalización, el cultivo comercial de la mariguana enriquecerá el imaginario
promovido en nuestra publicidad comercial. El contraste con el tequila podría
ser especialmente interesante.
Casi todo el simbolismo de publicidad del tequila hiede a
nostalgia por el mundo de la hacienda, con marcas como Patrón, Herradura, Don
Julio, Jimador, Don Fulano, Comisario, Don Eduardo, Cazadores, etcétera.
La industria futura de la mariguana mexicana se valdría de
otro repertorio, no sólo más divertido, sino también mucho más importante a
escala del reconocimiento de los actores sociales que más han contribuido a
forjar nuestra modernidad. Se me ocurre un sinnúmero de nombres de marca
posibles (hoja fina, tripa
corta, hecho a mano, apelación controlada), comenzando por homenajes más
que merecidos a las peregrinaciones mexicanas de la contracultura estadunidense
(Acapulco Gold, On the
Road o Howl). Se abrirá, además, la posibilidad de reconocer a otras
generaciones de la mariguana, y a la interculturalidad que ha sido central en
el desarrollo de la cultura mariguanera (nel, Avándaro, 68, etcétera). Incluso las marcas
que optaran por imágenes porfirianas retro, más acordes con el mundo
imaginario del tequila, tendrían un repertorio mucho más interesante de dónde
escoger sus símbolos que el mundo machacón del charro y del hacendado. Podría
haber marcas populares con nombres como Sardo, La Leva o Santa de Cabora.
Más allá del mundo divertido de la creación de imágenes para
un nuevo producto legal (aunque de consumo restringido), importa reconocer que estamos genuinamente ante una
oportunidad –una situación que permitirá reducir y repensar el problema
del narcotrafico, formentar la artesanía y la agricultura de punta, e integrar
el mercado norteamericano con un producto que ha tenido una tradición
importante y negada en la búsqueda de la paz y del amor, y cuyo sentido se ha
pervertido hasta el grado en que hoy representa sólo sangre y prisión. Estamos
tan acostumbrados a las malas noticias que a veces no sabemos aprovechar las
buenas. Ésta es una buena noticia. No hay que dejarla pasar sin sumarse de
manera decidida a un movimiento que tiene verdaderas posibilidades
transformadoras
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